sábado, 10 de mayo de 2008

Más, no siempre es mejor.

A veces parece obvio, pero la experiencia demuestra que en algún momento el individuo se enceguece por lograr su objetivo, perdiendo de vista lo más importante que es justamente la manera en que va a intentarlo.

Un golfista consulta porque quiere mejorar uno de sus golpes y en cada entrenamiento está pegando cada vez peor. Posiblemente crea que a más entrenamiento más resultado. La experiencia le está demostrando lo contrario, pero el se empeña en entrenar cada vez más horas.

Un fisicoculturista advierte que un músculo no responde tan bien como otros, y entonces decide intensificar sus esfuerzos, y aún viendo que así no responde, añade más entrenamientos, más peso, más sacrificio.

Un tenista tiene problemas con el saque. Dentro de un juego muy completo, sólo está fallando un poco más de la cuenta en el saque. Pero su mente se queda allí, en lo que no funciona. Comienza a resignar entrenamientos de otros golpes, para practicar saques. Resulta que no sólo no saca mejor, sino que los demás golpes también comienzan a fallar. Finalmente todo su juego se debilita sensiblemente.

Seguramente si el golfista en vez de autoexigirse para mejorar su golpe pudiera relajarse para poder soltarlo como antes, todo sería más sencillo.

Seguramente si el fisicoculturista no sobreentrenara su músculo por la ansiedad de hacerlo reaccionar, todo sería más sencillo.

Seguramente si el tenista, en vez de obsesionarse con un golpe y centrarse en el error y no en los aciertos, se relajase, volviera a disfrutar de su juego, confiara en que si una vez pudo otra vez podrá, todo sería más sencillo.

En efecto, más no siempre es mejor. A veces es menos. Otras diferente. Entender y asimilar esto, sin dudas, haría que todo fuera definitivamente más sencillo.