Todavía es noticia el descenso de categoría que sufrió el club River Plate. Si para los hinchas esto es un sufrimiento, estar en los pies de los jugadores en este momento tampoco debe ser nada agradable. Por una cuestión ética no voy a opinar de si hubiera convenido o no hacer tal o cual cosa para que este proceso tuviera otro resultado, pero sí me permito algunas reflexiones.
El mote de "grande", llevado por muy pocos, suele ser un beneficio para el que lo porta, y una presión para quien lo enfrenta. Pero si al cabo de un tiempo el grande se encuentra en una situación complicada, los roles pueden invertirse. El rival "pequeño" irá con menos presión, la cual se verá potenciada para el grande en cuestión. A presión me refiero con la obligación tácita de ganar, el supuesto de que el resultado está casi puesto antes de jugar los noventa minutos.
Esta situación puede generar un estrés que depende cada equipo, cada jugador, cada técnico, se puede vivir de mil maneras diferentes, así como responder también de múltiples formas.
El estrés que sufre el jugador puede llevarlo a contraer sus músculos, respirar mal, marearse, lesionarse con mayor facilidad incluso en movimientos pre-competitivos, tomar decisiones apresuradas, sentir molestias digestivas, sufrir calambres, tardar más tiempo en recuperarse de las lesiones, enojarse ante cualquier dificultad, empeorar los vínculos con sus compañeros, y aún muchos efectos más.
Algunos tienen mayor cantidad de recursos personales para afrontar el estrés, otros no tanto. Influye la característica de cada jugador, influye la intervención psicológica, influye la intensidad del factor estresor.
Ante situaciones de estrés, siempre se habló de la reacción animal que solemos tomar, sea esta de lucha o de huida. La psicología hoy contempla una tercer reacción que es la "no reacción", quedarse sin respuesta. Al jugador que le ocurre algo similar se lo tilda de cobarde, de no querer hacerse cargo, de evadir la responsabilidad. Es entendible en el fervor del partido y visto desde la tribuna. Pero en la reflexión profesional no hay lugar para juicios exprés. El jugador, como persona que es, no siempre puede tener el control de la situación, y no entrar en juego puede ser un recurso de supervivencia, de adaptación al medio hostil.
Hay perfiles de personalidad que responden mejor, más allá de la técnica. Hay jugadores líderes, hay otros que funcionan mejor acompañando, o siguiendo una estructura ordenada. Hay creativos en cualquier situación, hay otros que responden mejor en las difíciles, y otros que cuando el contexto es favorable ofrecen genialidades y cuando no, parecen quedarse sin repertorio.
El rol del psicólogo en estos casos está siempre supeditado al equipo, conducido por el DT, los ayudantes, preparadores físicos, médicos, etc. Si bien se va a tratar a quienes más padezcan este tipo de situaciones, nunca se olvida que conforman parte de un grupo, con una dinámica particular, con relaciones, con roles, y un estado de ánimo colectivo que no se resuelve sólo desde lo individual.
domingo, 3 de julio de 2011
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